flota tan lentamente, recostada en sus velos…” (Rimbaud)
A mi padre
No hay que ser extremadamente perceptivos para creer
que los sonidos de la noche tienen algo que contarnos
La lluvia es un rayo láser que moja mis huesos
Basta con invertir los colores de la cosmo-visión
Las tonalidades de la existencia
Yo veo con los mismos ojos hacia el cielo eclipsado
hay una pupila gigante
las nubes son sus venas
y el sol un hoyo negro que me observa
Espectro
Retina de ozono
Iris atmosférico
C o n t i n g e n c i a…
– I –
Hay quien con horror lamenta: debemos hacer un ídolo de nuestra muerte
y llamarla dios[1]
Yo no creo en padres nuestros ni en aves marías
yo le canto a la poesía porque la poesía es la música del universo[2]
y el universo es transformación
fisiología cerebral
y la poesía, está dentro de mí
no donde están los corazones que atardecen
ni las lágrimas
el sudor
saliva
conciencia
más allá de la conciencia, la no conciencia
No todo comienzo tiene un fin
después de todo existe la continuidad
la siento y no comprendo
más no trato de comprender lo incomprensible de la vida
Comienza la nueva vida- Incipit vita nova (Dante Aliguieri)
- II -
Tus manos frías
tu rostro hinchado
el llanto
las palabras
almas y corazones con dolor
el dolor es tan profundo como la noche
y sin embargo, la noche no huye a su existencia
la noche no se detiene porque no existiría la luz del sol
ultra-violeta
ultra-cometa
existir…
existir es como echarse a volar
y nada asegura que no caigamos[3]
sin embargo, no es este ciclo de vida, sino una posibilidad real de
p e r m a n e c e r
- V -
Quieren alejarnos de nuestra naturaleza
las voces de los nuestros nos piden no llorar
pero cómo puede una tragarse el llanto
si los ríos desembocan en los mares
y el mar es tan sereno y con plena libertad de ser el mar
pero mi dolor se estanca en una presa
cuando quiere existir y desembocar en la quietud del alma
- VI -
Creí sentir como si un pedazo de vida se desprendiese de mi cuerpo
pero esa parte de mí, si es que se desprendió de mi cuerpo
ahora es eterna para los ojos del universo
desde mi noche puedo verte
a través de flores en el agua
en el pasado, nómadas celestes me advirtieron
pero yo lloraba al escuchar Océanos grises
“La luz necesita un cuerpo no luminoso para ser vista…”[5]
[1] El séptimo sello. Igmar Bergman. [2] Frase-mural del Colectivo Intransigente en el bar Zacazonapan, Tijuana 2010. [3] Sergio Espinosa Proa. Filósofo (D.F, 1952) [4] “Look back with no remorse” Werewolf - CocoRosie. [5] Sergio Espinosa Proa. Filósofo (D.F, 1952)
Durante los años que llevo transitado por la ciudad en el transporte público –comúnmente en el taxi-, he pasado todo tipo de experiencias. Desde que mi ingenua distracción me haga subir al taxi equivocado y tenga que bajarme una cuadra después, o pasar innecesariamente por una colonia que me da temor; escuchar conversaciones privadas, superfluas e incomodas, tanto de los pasajeros como de los choferes sindicalistas; subirme sola y alcoholizada a altas horas de la noche y activar el nihilismo negativo y alucinante que habita dentro de mí; olvidar el dinero y no tener con qué pagar el pasaje; hasta una de las que más me han impresionado: un taxista que llevaba a sus hijos, ambos de no más de seis años, quienes coreaban entusiastas las canciones norteñas y narcocorridos que sonaban desde la radio. Pero mi sorpresa llegó antes de semejante acto fanático reproductor de antivalores, cuando uno de los pequeños cuestionó a su padre por haberse pasado un semáforo en luz roja. El hombre, cómodo, justificó su acción ante los niños. En fin, en el transporte público una se encuentra de todo. Algunas veces me pierdo en mi morbo inconsciente y observo los rostros, las actitudes y los modales que son innegables de los pasajeros. Pero reacciono y dejo de desquiciarme con mis delirios de socióloga. Prefiero concentrarme en leer, observar detalladamente los paisajes urbanos, las tonalidades del caos; y crear una historia nueva con matices surrealistas.
A Rosa Armida, mi madre
Recuerdo cuando la niñez era tan plácida como saborear una nieve en cualquier estación del año; cuando me regañaban por pisar descalza, -‘te vas a enfermar’ –me decían; cuando dibujaba yo trazos delirantes con gises de colores; recuerdo cuando solía volar con mis patines por el vertiginoso asfalto y me llenaba de raspones la piel, y para mí la sangre de mis heridas era como acariciar las nubes. Hubo un momento en el que los sabores se hicieron amargos y mi lengua ardía al no poder decirlo, las llamas y los sucesos consecuentes se reflejaron en aquella niña introvertida. Recuerdo también cuando realizaba ya pensamientos demasiado hipotéticos, durante mi adolescencia desorientada y divagando por el amor y desamor de un abandono, fui generando juicios indolentes carentes de razón; aquellos días de nadar en un pantano de recuerdos que no experimenté nunca me hicieron quererte, necesitarte, percibir sentimientos reales de coraje e impotencia, y a pesar de eso quererte aún más. Ahora lo sé y puedo detenerme y ver el viaje cósmico de mi existencia. Y no necesito excusas ni razones ni arrepentimientos. Recuerdo cuando no contuve el llanto al verte acostada en una cama que no era la tuya, en ese momento, al verte tan pálida, me di cuenta de que no querría nunca verte sufrir, ni por causas físicas ni emocionales. Aquella era la cama de un hospital donde tu cuerpo fue lesionado. Extrajeron de ti el útero, el seno materno. Pero no es éste sólo un órgano, una masa de zonas anatómicas, es sobre todo un lazo invisible que nos une y unirá eternamente. Soy tu sangre, soy tu llanto y tu risa, tu fuerza y tu debilidad. Soy el canto que repetía junto a mi hermana en aquellas tardes de verano, íbamos a casa de una vecina cristiana, íbamos a ensayar en un coro una canción dedicada a las madres:
Tengo en la vida un ideal y un amor sin interés
que se hace grande y fuerte (…)
Es el amor de mi madre
esa mujercita querida
la amaré toda la vida
óyelo en mi cantar
la amaré toda la vida
óyelo en mi cantar
No recuerdo más, sólo que durante años cantaba yo en silencio esos versos alojados en mi memoria. Y no lo sé, por alguna razón me sigue pareciendo hermosa, será la añoranza de aquella inocencia con la que entonaba esa melodía.
Hace unos meses que me vi morir y re-nacer. Me encontré de pronto en el piso rodeada de sangre en los brazos de mi madre y escuché cómo me llamaba desesperada, como si hubiera yo permanecido en un umbral durante unos segundos, en esos segundos sé que vi imágenes hermosas, los trazos de una vida manifestados en luz, una luz sublime y seductora donde se reflejaban recuerdos que no puedo describir. Sé hoy que mi juventud no me hace más fuerte, ni más valiente ni impávida. He asumido mi vida como una serie de causalidades universales, consciente de mi muerte y celebrando la vida. Explotando como supernova y liberando energía en irrupciones desarticuladas. Hoy celebro tu nacimiento. Gracias a un día como hoy de 1959 en que tu luz se expandió, y hoy me veo aquí acariciando estrellas fugaces y haciendo música con ellas, totalmente renovada.
Tanto me has dado que ni todas la palabras inventadas de este mundo, ni todas las flores cortadas para ti, ni todas las fragancias estimulando tu sentido, podrán decir un poco de lo agradecida que estoy de ser parte de ti.
Imagen: Wilfred Sätty